10 septiembre 2016

Valdepeñas de Secretos.


"No es un secreto que los Urquijo molan esta noche en Las Ventas... ¡Ya era hora!"


Estas palabras las pronunció el maestro Sabina justo antes de cantar a duo con Álvaro Por el bulevar de los sueños rotos ante una plaza de Las Ventas abarrotada de un público entregado a la causa en el concierto especial 30 Aniversario de Los Secretos, celebrado el 10 de Octubre de 2008. Dijo "los Urquijo", a pesar de que, de ellos, solo está, en carne y hueso, Álvaro; aunque como él mismo dice, y todos los seguidores del grupo sabemos, en cada concierto el espíritu de Enrique, fallecido en 1999, se siente en el ambiente. Y no solo molan los Urquijo. Mola la guitarra del maestro Ramón Arroyo, y mola el talento en los teclados de Jesús Redondo, y la virtuosidad del bajo de Juanjo Ramos, y la espectacular batería del polifacético Santi Fernández. Molan Los Secretos.


Los Secretos ya pasaron en concierto por Valdepeñas hace la friolera de 27 años, un 4 de Septiembre de 1989. Lo cierto es que hubiera estado bien celebrar nuestro particular 30 Aniversario; pero dio igual. Aquella vez el escenario previsto en la Plaza de Toros tuvo que trasladarse de modo improvisado al Pabellón Ferial debido, nunca mejor dicho, a las inclemencias meteorológicas y, según me cuentan (yo desgraciadamente no pude asistir), eso hizo que, como consecuencia de la horrible acústica del lugar, todo retumbara y apenas se entendiera nada. Aun así, quien asistió me dice que moló, y mucho.

Así que Valdepeñas le debía a estos artistas una segunda oportunidad de sonar como ellos saben, porque si algo les caracteriza es el sonar de modo sobresaliente. Por algo se habla de su particular y específico "sonido Secretos". Y esta noche del 1 de Septiembre de 2016 fue el momento. No hubiera estado mal que don Joaquín se hubiera asomado al atípico escenario de la Plaza de España para preguntar: "No es un secreto que Los Secretos molan esta noche en Valdepeñas... ¡Ya era hora!"

Y eso que, casi como un amago de maldición cíclica, la tarde se complicó con aires de tormenta, y buena nube que cayó alrededor de la Plaza de España; aunque en esta solo unas gotas.

No puedo decir que sea imparcial en este texto. Los Secretos han sido y son mi grupo de referencia, mi faro en la deriva musical. Y no diré "la banda sonora de mi vida" porque eso, a fuerza de repetirlo mucha gente, ya queda cursi y a ellos les debe entrar la risa floja. Pero es verdad.

La primera vez que pude ver un concierto de Los Secretos fue el 6 de Abril de 1996 en Socuéllamos. Fue la única ocasión que tuve de escuchar en directo la voz desgarrada de Enrique Urquijo. Nunca se me olvidará. Después, ya sin Enrique, varias veces he seguido su rastro y he disfrutado con unas canciones sin fecha de caducidad: Talavera de la Reina, La Roda, Tomelloso, Almodóvar del Campo, Daimiel, Ciudad Real, Villanueva de los Infantes. Y qué demonios, no sé que hacen estos tipos; pero cada vez suenan mejor. Y, al menos así lo parece, y yo creo que es cierto, disfrutan más en el escenario al que tantas y tantas veces suben para emocionarnos y erizarnos el vello.

En este tren de largo recorrido 1996-2016 he podido comprobar cómo Los Secretos se han ido superando poco a poco en hacer buena música, en lograr impregnarnos de su sonido y del mensaje de sus canciones, con una fuerza que no ha decaído ni un ápice desde ese concierto de Socuéllamos del que hablo; sino que se ha modulado con la maestría que da los años de oficio. Es cierto que no lo han tenido fácil, y en 1999, con la marcha prematura de Enrique a su mundo raro, y ojalá feliz, todo estuvo a punto de caer por la borda. Pero ahí estaba Álvaro y los suyos, para reinterpretar a quien ha sido seguramente uno de los mejores letristas que ha dado la música española, y vestir esas estrofas de sentimientos a flor de piel de oficio y virtuosidad, logrando conservar la esencia de unas palabras únicas y mimándolas con un sonido instrumental de primera categoría. Y, por supuesto, ensanchando el acervo de canciones con una gama de nuevas composiciones que supuran ese sonido especial que imprimen en todos los proyectos que estos músicos se proponen.

Y ahora, toca hablar de las canciones.

El concierto valdepeñero comenzó con el halo mágico de una canción de las de siempre que han sabido adaptar a su peculiar sonido "Secretos": Échame a mi la culpa. A continuación sonaron los acordes de una de las obras maestras de Enrique en la primera etapa del grupo, No me imagino, canción que me lleva irremediablemente a mis tiempos de estudiante universitario en Ciudad Real, y a aquellas madrugadas en las que el gran Rafa Arboleda pinchaba la canción en las madrugadas radiofónicas, "encendiendo la noche" en Cadena 100. A esta canción le siguieron Colgado y la inquietante Y no amanece, y ya para entonces buena parte del público paladeaba un sonido excelente y la entrega de unos músicos con tablas y energía. Luego vino Margarita, canción magnífica que me arrastra a mis primeros años de trabajo en Toledo, "cuando daban las veinte" y yo tenía que recordar, en la soledad del despacho, "los caprichos / esos que solo tú y yo nos habíamos dicho". Tras hablarnos de las contradicciones que se dan En este mundo raro, Álvaro y compañía encandilaron a los asistentes con uno de sus himnos más conocidos, La calle del Olvido, aquella en la que "vagan tu sombra y la mía / cada una en una acera / por las cosas de la vida". Después, en una de las canciones del último disco, nos hablaron de lo poco que queda Entre tú y yo, lo que dio lugar a plantear un Cambio de planes que supuraba melancolía. Uno de los momentos más intensos se vivió con la siguiente obra, esa canción que comenzaron a componer los hermanos Urquijo con Joaquín Sabina, quizá "en un pueblo con mar una noche después de un concierto", para luego moldearla cada uno a su más genuino estilo: Ojos de gata. Y entonces llegó el turno para otro de los himnos fundamentales del grupo, canción llena de esperanza que curiosamente escribió un Enrique que nos tuvo acostumbrados al desamor: Pero a tu lado. Y es que desde los primeros versos de la canción, Enrique lanza lo que sería una convicción casi profética, "he muerto y he resucitado", para luego darnos una de las claves de su receta, "ya no persigo sueños rotos, los he cosido no el hilo de tus ojos". De todos modos, si lo del hilo no funciona, no queda más remedio que hacer caso a la canción que sonó a continuación, Ponte en la fila, hasta que nos toque el momento de entrar En el Bulevar de los Sueños Rotos, y rendirnos a otra de las obras maestras marca de la colaboración entre Álvaro Urquijo y Joaquín Sabina, que nos agita el alma cuando nos advierte de "cómo llora Chavela (Vargas)". Y tras este tributo a México, Álvaro rendía su particular homenaje a su hermano Enrique con ese otro himno que compuso a su muerte, y que es toda una declaración de intenciones: Te he echado de menos. Así llegaba la última parte del concierto, dedicada a los grandes éxitos que siempre nos acompañaron desde que Los Secretos eran apenas unos muchachos con gran amor por la buena música y poco más, como es el caso de Nada más, canción compuesta por el "sexto Secreto", Javier Teixidor (antiguo componente de "Mamá"). Con Buena Chica el público sufrió, sufrimos, un subidón de adrenalina al oír y presenciar la explosión de sonido de las guitarras de Álvaro y el magistral Ramón Arroyo, virtuoso como él solo, y sin mover una ceja, que no le hace falta. Tras el lamento de esas guitarras por la suerte de esa chica que no era tan mala, pero que sentía un apego ínfimo por la vida, Los Secretos recordaron sus Ojos de perdida, con el entusiamo del respetable que coreó la canción sin titubear. Después llegó otra de las joyas que compuso en su día Enrique, Agárrate a mí María, inspirada, dicen, en su hija, y que tiene la cualidad de provocar un nudo en la garganta a poco que uno se descuide. Los Secretos volvieron de nuevo a sus primeros tiempos para rescatar una pequeña joya que suele permanecer semioculta hasta que ellos la dotan de vida y magia, Otra tarde, y que nos aconseja algo que esconde muchas veces una irremediable verdad: "esta es otra tarde / y mañana es martes / es mejor que todo / siga como antes". Tras esta balada, llegaba el momento que tanta gente esperaba, el momento de cantar esa canción que, aunque nunca ha sido la preferida de los hermanos Urquijo, reconocen que les allanó buena parte del camino que les permitiría seguir con su carrera: Déjame. La Plaza de España se convirtió en un gran ejercicio de franqueza colectiva y algo cruel, al pedir "déjame / no juegues más conmigo / esta vez / en serio te lo digo, / tuviste una oportunidad / y la dejaste escapar". Después de esta confesión, todavía había fuerza de sobra para rescatar el sonido más country, melancólico y fronterizo del grupo con Quiero beber hasta perder el control (muy oportuno el lugar y momento para reclamar eso, la verdad), canción con la que uno pudo sobrellevar más o menos algunos de sus desengaños de juventud. Y por último, otra de esas canciones inmortales e incombustibles que han acompañado a Los Secretos a lo largo de sus 38 años de trayectoria, que fue coreada, a modo de agradecimiento y despedida, por toda la gente reunida en el marco único de la Plaza de España: Sobre un vidrio mojado. Vidrio de una copa mojado de buen vino, sin duda.

Chapó, chicos.

Y poco más puedo añadir sobre el concierto de Los Secretos en Valdepeñas. Su sonido exquisito y singular, la calidad de esas canciones atemporales y su entrega al público pienso que convencieron a propios y extraños. Cuando hace un par de meses se hicieron públicos los artistas que actuarían en las Fiestas de la Vendimia y el Vino de este año leí en las redes sociales algunas opiniones de jovencitos diciendo que qué rollo, que quiénes eran esos, que en este pueblo no se traía ni una "actuación decente". Bueno, si han eliminado prejuicios y se han dejado llevar, creo que más de uno, a partir de la noche del 1 de Septiembre de 2016, pensará, aunque le cueste reconocerlo, que no es un secreto que Los Secretos molan. Es lo que tienen los clásicos.

13 agosto 2016

Las rosas y el péndulo.

 
Hace unos días leí en el diario digital ADValdepeñas un artículo de opinión del Secretario General de la UJCE (juventudes comunistas) en homenaje a las "trece rosas", fusiladas el 5 de Agosto de 1939 en una tapia del cementerio de la Almudena de Madrid. Como no puede ser de otra manera, personalmente condeno este asesinato desde el convencimiento de que nadie tiene la potestad de privar a un semejante de su derecho a la vida, y menos aún por nada relacionado con la libertad de pensamiento de cada uno. Mi reconocimiento a estas trece mujeres que murieron injustamente en un período muy oscuro de nuestra Historia.

Dicho esto, he de confesar que ese artículo, a partir de lo que en él se dice ajeno al estricto homenaje a una serie de mujeres injustamente asesinadas, me ha hecho reflexionar sobre la naturaleza pendular de nuestra España, y lo nocivo de tal naturaleza. Y es que, como de costumbre, en nuestro país se aprovecha la mínima ocasión, hasta en los temas más delicados, para demostrar que, lo que en cualquier otro país con una sólida democracia es la sana rivalidad política, aquí se convierte en frentismo y trinchera. Frentismo y trinchera que llevan a lo que acabo de denominar "carácter pendular", y que intentaré explicar.

Un péndulo se caracteriza por el movimiento alternativo a un extremo y al otro del arco que forma su propio movimiento en torno a un origen. Sólo con este símil me explico el comportamiento de la Sociedad española en términos del reconocimiento de su propia realidad. Porque, en mi opinión, es un hecho contrastable que el péndulo ha pasado, en lo que a la interpretación de los aconteceres más oscuros de nuestra Historia se refiere, de un extremo, en el que permaneció 40 años al dictado del franquismo; al otro, en el que una izquierda radicalizada que cree siempre poseer una suerte de superioridad moral que le permite decidir lo que fue y lo que no, lo que merece ser tenido en cuenta y lo que no, lo que es moralmente aceptable y lo que es éticamente miserable; una izquierda, digo, ha tomado la iniciativa para que se reconozca únicamente la realidad de las víctimas del bando perdedor (lo cual es una paradoja, porque en una guerra entre hermanos todos pierden) en la cruenta y estúpida guerra in-civil, aferrándose a leyes tan sectarias como la de la "Memoria Histórica" impulsada por el desastroso gobierno de Rodríguez Zapatero, empeñado en reabrir trincheras en lugar de fosas.

Quiero aclarar que yo soy firme partidario de una verdadera Ley de Memoria Histórica, cuyo único (y fundamental) objetivo sea tratar de recuperar la dignidad que las víctimas del desastre perdieron en esa marea de locura colectiva y crueldad sin límites. Todas las víctimas. Las que fueron abatidas en las cunetas y tapias de los cementerios controlados por el bando "azul"; pero también las que fueron exterminadas en conventos por el único hecho de mantener sus creencias religiosas, o las que fueron ejecutadas de modo sumarísimo y amontonadas en fosas comunes en lugares como Paracuellos del Jarama por el bando "rojo". Porque, aunque pueda sorprenderle a la progresía amparada por el juicio parcial y subjetivo de Zapatero y similares, eso también existió, y está documentado. Incluidos los asesinatos y ejecuciones en nuestra propia ciudad de Valdepeñas, que nunca estuvo en primera línea de combate, pero sí bajo el puño de hierro del citado (en el artículo del Secretario General de la UJCE) Félix Torres.

Sí. Yo soy partidario de una Ley de Memoria Histórica en la que se dejen a un lado el revanchismo y los bandos, y que sirva para cavar en cunetas, fosas comunes y donde haga falta para devolver a cuantas familias se pueda lo que un día les fue arrebatado por el fanatismo de unos y otros: los restos de sus seres queridos y, sobre todo, su dignidad y su duelo. Una Ley para que los que perdieron
a sus familiares en la locura colectiva a uno y otro lado de la trinchera (a veces por algo tan espurio como la zona de España donde les tocó vivir), puedan mirarse a la cara, darse mutuamente el pésame y un abrazo, y comprender que ninguna de esas atrocidades mereció la pena.

En cambio, no soy partidario de una Ley cuya verdadera intención sea cavar de nuevo trincheras que nos separen, reinterpretando de un modo sesgado y simplista nuestro pasado más terrible.

Porque lo que percibo en esta reinterpretación auspiciada por la infalible izquierda reaccionaria es precisamente un relato simplista (y eso lleva al populismo, o mejor dicho, al frente-populismo) de los hechos, según el cual toda la crueldad y la infamia de la maldita guerra se concentró perversamente en las filas del bando sublevado, y en la posterior represión a la que sometió a los perdedores. Me pregunto, sin ánimo de justificar nada sino desolado por la respuesta evidente, si esa crueldad e infamia en la post-guerra no se hubieran abierto paso en el bando republicano, de haber sido el vencedor.

Desde luego, y que quede bien claro, el golpe militar liderado por el general Franco y compañía, bajo mi punto de vista, no fue una solución; sino un problema añadido a la situación que atravesaba España. No seré yo el que justifique jamás el levantamiento en armas de nadie para intentar solucionar los problemas de su país. Pero una vez la guerra prendió, y los motivos son tantos y tan diversos que sospecho que hay que leer mucho para llegar a entenderlos, me temo que en todos sitios cocieron habas, y la sinrazón no fue por barrios; sino que fue generalizada.

"El terror de la guerra prendió de tal forma en la población civil que muchos españoles consiguieron en esos días ejecutar las venganzas que habían gestado durante demasiados años en la oscuridad de sus mentes. En cada ciudad, en cada pueblo, los partidarios de uno y otro aprovecharon el río revuelto de la guerra para saldar viejas cuentas." No lo digo yo, sino el Catedrático de Historia Contemporánea Fernando García de Cortázar, que algo de esto sabe.

Y así, efectivamente, como dice García de Cortázar, en Salamanca, Burgos, Granada, Valladolid, Badajoz... el ejército franquista y los suyos entraron en la vorágine de los fusilamientos y "paseos" de maestros, personas de izquierda, obreros, campesinos, o inclusos poetas como Federico García Lorca.

Pero no es menos cierto, y así lo atestigua García de Cortázar, que en la zona de dominio republicano, religiosos, empresarios, burgueses, personalidades intelectuales como Ramiro de Maeztu o el dramaturgo Muñoz Seca, fueron apresados o sacados de sus casas bajo el cobijo de la noche para ser posteriormente fusilados contra cualquier tapia, por personajes que supuraban el mismo odio y desprecio por la vida que sus enemigos del otro bando.

Un ejemplo de esta violencia absurda y brutal fue precisamente el fusilamiento de las trece rosas.

Pero, con el objeto de demostrar que la locura se extendió por cada rincón, quisiera mencionar hoy el caso de otras rosas. Estas otras rosas, presentes en el Madrid de las checas y el "¡No pasarán!", solo mantienen leves diferencias con las famosas trece rosas: que eran catorce, que no eran maestras sino religiosas, y que fueron brutalmente torturadas y asesinadas por los milicianos del bando republicano. En tres oleadas, entre julio y noviembre de 1936. Fueron catorce rosas blancas, catorce madres concepcionistas cuyo único delito fue ayudar a los demás y dedicarse a la oración.

Según las fuentes que he consultado, diez de ellas fueron expulsadas de su convento en Las Rozas, que fue confiscado. Se refugiaron en un piso de unos benefactores, hasta que fueron localizadas. En los siguientes meses fueron torturadas diariamente por milicianos, hasta que el día 8 de noviembre de 1936 fueron fusiladas en las cercanías de Madrid. Sus cuerpos nunca fueron encontrados y con ello se perdió... su Memoria.

Otras dos fueron también expulsadas de su convento de El Pardo, igualmente confiscado, el 21 de julio de 1936. Se refugiaron en el hogar de una pareja de ancianos hasta que, el 23 de agosto fueron localizadas y, dos días después, fusiladas en Vicálvaro.

Las dos últimas religiosas tuvieron similar destino; aunque esta vez en la localidad toledana de Escalona. Su convento fue confiscado y, las dos hermanas de mayor edad, apresadas y enviadas a una checa de Madrid, donde fueron torturadas y fusiladas a finales del mes de octubre.

Creo que estas catorce rosas, en lo esencial, no son muy diferentes de las otras trece: mujeres que pasaron por la vida sin hacer daño a nadie, conforme a sus valores y creencias, y que fueron asesinadas por la sinrazón de los violentos que esperaban agazapados la ocasión para dar rienda suelta a su zafiedad. Los nombres de las trece rosas fueron enumerados, como homenaje, en el artículo del Secretario General de la UJCE, por lo que no redundaré en volver a transcribirlos. Permítanme, no obstante, enumerar a las otras catorce rosas, a las hermanas concepcionistas, en también justo homenaje, me imagino que compartido por todos:

- Isabel Lacaba Andía.
- Petra Peirós Benito.
- Asunción Monedero.
- Manuela Prensa Cano.
- Balbina Rodríguez Higuera.
- Beatriz García Villa.
- Ascensión Rodríguez Higuera.
- Juana Ochotorena Arniz.
- Basilia Díaz Recio.
- Clotilde Campos Urdiales.
- Inés Rodriguez Fernández.
- Carmen Rodríguez Fernández.
- María de San José Ytoiz.
- Asunción Pascual Nieto.

Unas y otras, descansen en Paz.

Para terminar estas líneas, tan solo diré que ese péndulo del que he hablado pasó cerca de su centro de gravedad, para intentar quedar en equilibrio, hace casi cuarenta años, cuando solemnemente unos y otros decidieron enterrar las armas y los reproches y hacer lo necesario para que nunca más se repitiera el horror de una guerra entre hermanos. Fueron los tiempos de la ahora tan devaluada Transición y de su principal vacuna contra el odio entre compatriotas: la Constitución de 1978. Ahora parece que ese compromiso entre españoles no es válido para muchos. Es como si todos, paradójicamente las generaciones que vamos quedando más alejadas de la terrible tragedia que supuso una guerra in-civil, supiéramos más del asunto incluso que aquellos que la vivieron en primera persona y que, ante tal atrocidad, decidieron apostar por un "nunca más" por medio de la Constitución de todos. Será que ahora somos más inteligentes, más leídos que nuestros padres y abuelos; tanto que nos atrevemos a apostar por abolir de un plumazo nuestro acuerdo de concordia porque es "antiguo y ambiguo", sin saber muy bien qué norma de convivencia consensuada queremos instaurar en su lugar.

O será que ahora vamos de listos.

P.D. (1): No soy votante del PP; pero aun así pienso que es triste leer una simplificación (de nuevo) tan débil de la historia de un partido político tan democrático como el que más (la izquierda radical, con su superioridad moral impostada, no suele caer en la cuenta de que quien piensa distinto a ella no tiene por qué ser fascista o tonto). Me refiero a la parte del artículo del Secretario General de la UJCE en la que se dice que el PP es AP, que fue un partido fundado por ministros franquistas, y sugiere que eso se refleja en su acción política. El PP tiene sus orígenes en una refundación, y en su seno hay gente de diversas procedencias: liberales, centristas de la antigua UCD, democristianos... Y sí, también gente que luchó contra el franquismo. Y, por cierto, gente que luchó contra el verdadero fascismo de las últimas décadas, el del terrorismo de ETA, con bastante menos tibieza que otros, que se abrazan haciendo arrumacos a ciertos "hombres de paz".

P.D. (2): Hoy leo con estupor cómo en la cuenta oficial de Izquierda Unida en twitter (@iunida) se felicita al comandante Fidel Castro por su 90 cumpleaños, y se arenga con un "¡Viva Cuba libre y socialista!" Gran coherencia la de los que acusan a otros de no denunciar una terrible dictadura; pero luego se felicitan por la supervivencia de otra, igual de cruel. No estaría mal que, para dar ejemplo, estas personas también condenaran públicamente esa dictadura de aquel país hermano.

P.D. (3): Yo no soy historiador aunque me gusta informarme. No sé si Félix Torres fue el "Pol-Pot" de La Mancha o no; pero sobre este personaje también hay algunas cosas que apuntar (ya he dicho que en Valdepeñas, sin estar en el frente, y bajo el mando de este señor, se cometieron múltiples asesinatos y ejecuciones sin ningún tipo de juicio previo). Pero, por no alargar este ladrillo, lo dejaremos para alguna otra ocasión.


02 abril 2016

El Padre Vicente.


Anoche, a última hora, me llegaba la triste noticia del fallecimiento del Padre Vicente Ruiz, al que muchos de los que hemos estudiado en el colegio de los Trinitarios de Valdepeñas recordamos simplemente como "el Padre Vicente".

Repasando algunos de los post que he colgado en este blog, constato que no es la primera vez que redacto una suerte de "obituario" de personas que han influido de modo determinante en mi vida. Cómo no voy a rendir homenaje entonces al Padre Vicente, la persona que me enseñó el camino para amar los libros.

Fue en quinto curso de Primaria, en aquellos tiempos E.G.B., cuando el Padre Vicente Ruiz se encargó de tutorizar nuestro curso. Desde entonces, hasta octavo curso (ahora segundo de E.S.O.), nos impartió varias asignaturas, principalmente Lengua Española e Inglés. En ambas disciplinas, en mi opinión, fue un docente brillante. Además, en lo referente a la Literatura, nos supo transmitir su pasión por la lectura.

Muchas veces, cuando se plantean debates sobre las metodologías docentes, pienso en personas que he conocido y que han sido verdaderos pioneros en la tarea de enseñar, con el valor añadido de haberlo conseguido con menos recursos materiales o tecnológicos, quizá también con algunas de las opiniones más ortodoxas en contra y, en cualquier caso, supliendo las dificultades con mucha imaginación y entrega. Es el caso del Padre Vicente y el mundo de las letras.

El Padre Vicente, una persona afable, con un gran sentido del humor, trabajador incansable en la tarea de enseñar a sus alumnos, riguroso y serio cuando tocaba, exigente y perfeccionista como alguna vez me reconoció, siempre justo; utilizaba en las clases de Lengua y Literatura métodos que por aquel entonces no eran nada convencionales. Por ejemplo, de vez en cuando nos ponía cintas de audio en su inseparable radio-cassette donde podíamos disfrutar con el Cantar del Mío Cid, o las Coplas por la Muerte de su Padre de Jorge Manrique. Otras veces era él mismo el que nos leía párrafos de sus libros, comentándonos el contexto en el que surgían esas lecturas, la historia que guardaban detrás. A través de sus clases descubrí, algo perplejo, cómo un vulgar insulto, arropado por la genialidad del autor, puede convertirse en Literatura con mayúsculas, y así leí y releí el famoso "hideputa" que se esconde en las páginas del Lazarillo de Tormes; o la ironía aderezada con algunos improperios que reina en las páginas de El Buscón de Quevedo. Con el Padre Vicente descubrimos que "la vida es sueño, y los sueños, sueños son", y el valor de la solidaridad de un pueblo frente a los abusos del poder, llámese este Fuenteovejuna. Y el drama del juego del amor con la Tragicomedia de Calisto y Melibea, La Celestina. Y nos hizo advertir que, aun sin movernos, podemos recorrer las tierras castellanas, por las orillas del Duero, de la mano de Machado. Y, cómo olvidarme, me hizo comprobar de motu propio que un poco de prosa poética, centrada en la descripción de la vida de un sencillo pollino llamado Platero, puede crear un nudo en la garganta cuando quien cuenta la historia es Juan Ramón Jiménez.

El Padre Vicente era consciente de que la forma más eficaz para aprender a expresar los sentimientos de cada uno, y aprender a tener un pensamiento libre y crítico, pasaba por leer, leer mucho. Y escribir.

Y leímos, leímos mucho. Tanto que todos los viernes por la tarde dedicábamos la clase simplemente a leer, a leer el libro que quisiéramos cada uno; pero a leer. Y de esa manera entré yo en contacto con el Diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara.

Y escribimos, vaya que sí. Todas las semanas una redacción sobre algún tema que nos proponía, y que a menudo conseguía abrir un debate entre nosotros sus alumnos. Y generar admiración y aplausos, porque un puñado de estas creaciones eran leídas en clase para el deleite de los compañeros. Y así recuerdo redacciones geniales de mis amigos, Antonio Caminero Sánchez o José María Prieto García, cuya lectura era el evento más esperado de la semana, y que me unió más si cabe a ellos en ese vínculo extraño e intangible que podríamos denominar "amor por escribir nuestra forma de ver el mundo", a mano y en un puñado de cuartillas. Tanto fue así que el Padre Vicente nos animó a José María y a mí a escribir el guión de una pequeña función teatral, que fue representada por los mejores actores del mundo, mis compañeros (recuerdo en especial la actuación de mi admirado José Luis Martínez Díaz), en lo que a mí, en mi niñez, se me antojaba puro Broadway: la función de los colegios en el Teatro-Cine Parque, cuando ya se podía casi alcanzar con las manos el final de curso.

Pasado este tiempo de colegio, nuestros caminos se fueron separando inexorablemente. Nosotros comenzamos nuestra etapa de Instituto y, posteriormente, universitaria o laboral; mientras que el Padre Vicente marchó a compartir su modo de entender las letras y la vida en otros colegios trinitarios, especialmente en Córdoba.

No volví a saber nada del Padre Vicente hasta trece años después, en 2002, cuando lo busqué para pedirle que presidiera el enlace entre Ana, mi esposa, y yo. Alguien me dijo entonces que el Padre Vicente no estaba pasando por un buen momento; pero aún así fue tan bondadoso y entrañable que no dudó ni un instante en acceder a mi petición. Y así fue. Presidió nuestra boda el 22 de Junio más caluroso que recuerdo en toda mi vida, en la Iglesia del Convento, mi segundo hogar de la niñez. Poco después el Padre Vicente dejaba Valdepeñas y marchaba rumbo a Cazorla. Lo recuerdo con su escaso equipaje en la Plaza, despidiéndonos, él de camino a la estación. Creo recordar que me comentó que tenía que descansar.

Hace un par de años me enteré de que el Padre Vicente estaba en Valdepeñas de nuevo. Pero mi alegría se tornó en preocupación cuando me pusieron al tanto de que su salud se había deteriorado notablemente, que había sufrido varios infartos y que estaba muy delicado. Una mañana luminosa de comienzos de la Primavera me armé de valor y fui a visitarlo, aunque quien lo había visto me había advertido de su estado y de que tenía momentos lúcidos y momentos en los que se desorientaba. Pero tenía que verlo. Y lo conseguí.

Recuerdo cuando apareció por la escalera que comunica las dependencias de los padres trinitarios con el colegio. Vi a una persona muy delgada, caminando a cortos pasitos. Enseguida lo reconocí, a pesar de que él ya no llevaba gafas y su cabello se había teñido de blanco. Pero vestía su inconfundible chaqueta azul, e iba peinado impecablemente, con la raya a un lado, como siempre. Temí que no me reconociera; pero mi temor se desvaneció cuando me preguntó cómo estábamos todos los "tarancones". Mis hermanos y yo, en el colegio, siempre habíamos sido para él "los taranconcillos".

Esa mañana, podéis creerme, fue uno de los momentos más especiales y emocionantes de mi vida. Varias veces tuve que hacer esfuerzos por cortar el paso a alguna lágrima furtiva. Y no porque estuviese delicado, aparte de su delgadez y su dificultad para desplazarse no tenía secuelas físicas apreciables; sino porque encontré que en la conversación que mantuvimos, acompañada de una cerveza sin alcohol y unas patatas fritas a las que me invitó, me hizo un repaso de su vida y de su forma de verla desde el corazón. Tras recordarme que tenía guardadas nuestras redacciones, las cuales había leído muchas veces a sus posteriores alumnos porque, según opinaba, no había disfrutado de un curso con tanto talento como el nuestro; me confesó que sabía que ya había acabado su trabajo con los que eran su gran pasión junto a los libros: los niños. Y ahora tocaba descansar hasta que Dios lo quisiera llamar.

Y era cierto. Dedicó su vida a dar lo mejor que tenía dentro, que era mucho, a los niños. A formarlos y a quererlos. A enseñarles a pensar, a ser creativos, a ser críticos; pero a la vez a ser buena gente, a ser nobles. Con sus clases que nunca nos dejaban indiferentes. Con sus proyectos. Con sus bromas en el patio del colegio, a la sombra de los sauces llorones, en el recreo o al salir de clase. Encontrando siempre que necesitábamos un ratito para escucharnos y hacernos sonreír.

Me comentó que ya apenas leía, que no podía, y que ahora se dedicaba a pocas cosas: rezar, andar un poco, ver la televisión y acudir, siempre que tenía oportunidad, a la portada del colegio a la hora en que los niños pequeños salían de clase, para saludar a las madres con su cortés galantería y despedir a los pequeños, sus niños, la razón de su existir. También me dijo que cuando sus dolencias le habían dado un respiro, los superiores le habían dado la opción de trasladarse a Valdepeñas o a Córdoba para cuidarse y descansar, y aunque Córdoba era como su segundo hogar, él optó por Valdepeñas porque se sentía un valdepeñero más.

Unos meses después lo vi por última vez. En la Navidad de 2014. Acudimos algunos de los amigos del colegio, Antonio J. Almarza, Raúl Peñalver, José Luis Martínez Díaz y yo a verlo. Estaba en la sala de televisión, en un sillón, las piernas arropadas con una manta. De nuevo temí que no nos reconociera. Y de nuevo me volví a equivocar, bastó que José Luis cruzara el quicio de la puerta para que el Padre, con uno de sus arranques de humor que lo caracterizaban, exclamara: "¡Mantuza!", reviviendo la rivalidad que siempre existió entre dos grandes amigos, uno merengue hasta la médula y otro, el Padre Vicente, barcelonista sin remedio.

Y transcurrió el tiempo hasta la tarde de ayer, cuando, desde su querida Córdoba, el Padre Vicente partió hacia su último destino, el Cielo. Y como siempre digo cuando una gran persona se va: su marcha es triste para nosotros porque las despedidas siempre son tristes por definición; pero nos queda la esperanza de que esté allí arriba, junto a Dios a cuyo amor entregó la vida, el dolor ya olvidado. Y podrá volver a leer los clásicos de nuestra literatura. Y bromear sobre el resultado de otro "clásico", el que se juega mañana.

Padre Vicente, gracias por haber sido profesor, maestro y amigo. Y por todo ello, no quisiera acabar estas líneas sin reproducir aquí un texto de los que leí por primera vez gracias a sus clases, una de esas tardes primaverales de viernes. Es de Platero y yo:
 
"Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo. Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos me llenaban de preguntas ansiosas. —¡Platero, amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí? , Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio..."

Qué suerte tienen los niños de mi colegio, uno de los colegios más enraizados en Valdepeñas, el colegio de la Santísima Trinidad, del que siempre me he sentido y sentiré orgulloso. Hay un nuevo ángel en el Cielo que los cuidará y que, quizá en sus sueños, les cuente las bonitas historias que, bajo su inspiración, escribieron unos chavales hace más de treinta años en las mismas aulas donde ahora aprenden a ser buenas personas.

31 marzo 2016

Las niñas de Lahore.


Hace unos días se me heló la sangre en las venas al enterarme del atentado sufrido en un parque de Lahore, la segunda mayor ciudad de Pakistán. Setenta y dos víctimas mortales, veintinueve de ellas críos, y más de 300 heridos. Pero, aparte de estas de por sí estremecedoras cifras, a mi estado de perplejidad contribuyó un nombre propio. Un nombre que había permanecido escondido en algún lugar de mis recuerdos, hasta que la infamia lo rescató. Hameeda.

A comienzos del año 2001 me encontraba viviendo en Toledo, donde trabajé como profesor en la Universidad desde 1994. Por esos días, un halo de solidaridad, o quizá de mala conciencia, o ambas cosas, me llevó a contactar con la ONG "Ayuda en Acción" para apadrinar un niño. Un niño que fue una niña: Hameeda. Recibí su documentación y su foto, la única que tengo, a principios de Marzo de 2001.

Hameeda, según su ficha, nació en 1995, o sea que cuando la apadriné tenía 6 años. Formaba parte de una familia musulmana con 2 hijas, en una zona deprimida al Oeste de la provincia de Sindh. Hameeda no iba a la escuela, su vivienda era de adobe y paja, el pozo de agua más cercano se encontraba a más de 1 Km. de casa, y el centro de salud más próximo se situaba a 5 Km de su hogar.

A las duras condiciones de vida en este lugar desértico, sin infraestructuras, con dunas y caminos de tierra, donde la economía se basaba en una ganadería de pura subsistencia; Hameeda tenía que añadir su condición de niña. En una sociedad donde la toma de decisiones es tradicionalmente masculina, las niñas no tienen otra opción que dejar la escuela y ayudar a las faenas de la casa.

Observo la foto de Hameeda a sus seis años y veo a una niña morena, vestida con un shalwar kameez compuesto de una camisa larga (kameez) de color naranja y un  pantalón de tela azul (shalwar), unas sencillas sandalias, y una dupatta, o pañuelo, morado, fino y grande que le cubre el cabello y que, por detrás, cuelga hasta casi el suelo. Efectivamente, por lo que se aprecia en la fotografía, el paisaje es arenoso y árido, tan solo detrás de la niña se atisba un árbol con escasas hojas, tal vez una acacia.

Pero lo que más me impacta es su gesto y su mirada. Está seria, mira hacia la cámara fijamente, con el ceño un poco fruncido. Sus ojos son oscuros, qué decir de la belleza de los ojos de la gente de esa parte del mundo, ojos que hablan sin palabras. Muestran determinación. Quizá el subsconsciente me traiciona; pero yo intuyo en esos ojos también un atisbo de cansancio.
 
El apadrinamiento de Hameeda continuó hasta octubre de 2007, cuando desde Ayuda en Acción me comunicaron que debía terminar este proceso y apadrinar, si lo deseaba, a un nuevo niño.

Es absurdo pensar que Hameeda, que al menos hasta donde yo sé no vivía en Lahore y que ahora, si Dios quiere (el suyo y el mío que son el mismo) tendrá veintiún años, fuera una víctima de la masacre del parque infantil. Quiero pensar que Hameeda sobrevive en ese convulso país llamado Pakistán y que con su mirada decidida, y quizá un poco cansada, sigue haciendo frente a su devenir.

Pero eso no cambia en nada mi desasosiego. Hameeda, para mí, es la imagen que mi mente crea de cada una de esas niñas con las que se ha cebado la maldad en un parque infantil. Es mi forma de recrear a cada una de las niñas de Lahore. Supone para mí el símbolo del sufrimiento, de la injusticia y de la inocencia perdida en un acto brutal. Porque cualquiera de las niñas que disfrutaban de sus juegos en ese maldito parque, como niñas que son a fin y al cabo, hasta que un loco sediento de sangre las hizo saltar por los aires, podría vestir un shalwar kameez naranja y azul y llevar un pañuelo morado en la cabeza. Y cualquiera de ellas podría dibujar banderas y flores, como me dibujaba Haameda en sus mensajes semestrales. Y a cualquiera de ellas podrían gustarle los animales, y jugar con su mejor amiga, y colaborar en la boda de su primo, como me decía Hameeda en sus cartas. Y cualquiera de ellas podría soñar como lo hacen los niños, imaginando que de mayor será médico o enfermera para que todos los niños del país ya puedan ser atendidos sin caminar 5 Km. hasta el centro de salud, o maestras para que todas las niñas, de una vez, puedan ir a la escuela, como soñaba Hameeda. Cualquiera de ellas podría.

Pero ya no puede ninguna, porque un miserable se encargó de ello, por el hecho de ser diferentes.

Hay una tragedia dentro de la tragedia que supone esta mezcla de sin razón, guerras cruzadas, religiones mal entendidas, conflictos culturales, destierro y odio que se ha extendido por el mundo. Esa tragedia dentro de la tragedia es haber hecho distinciones entre las víctimas de la barbarie. Hay quien se queja de que buena parte de nuestra sociedad sólo se conmueve con los atentados yihadistas que suceden cerca de nosotros, en nuestra sociedad occidental (Nueva York, Madrid, Londres, París, Bruselas); pero no con la brutalidad y la injusticia que se cierne contra otros pueblos, como el Sirio, el Palestino o el Saharawi. Hay también quien se queja de que, cuando la crueldad se ceba con los cristianos (yazidíes, cristianos sirios o pakistaníes, universitarios keniatas) otra parte de nuestra sociedad pasa de puntillas o mira a otro lado. Qué mala suerte han tenido las niñas de Lahore, aquellas que en mi cabeza aparecen como la Hameeda de seis años que veo en la foto, aquellas que murieron sin saber muy bien por qué. Pronto serán olvidadas, si no lo han sido ya, porque les pilla de todo: eran cristianas (según dicen los medios periodísticos); y además vivían en una sociedad muy lejana a la nuestra, en lo geográfico y en lo cultural.

No olvidemos a las niñas de Lahore. Los niños son niños, sean cristianos o musulmanes, vivan aquí o allí, residan en nuestro barrio o en el lodazal inmundo de Idomeni.

P.D.: A día de hoy, una de las pocas cosas que hago de la que me siento orgulloso es seguir, quince años después, colaborando con Ayuda en Acción. Os animo a apadrinar, a contribuir de un modo efectivo a cambiar este mundo a veces tan miserable; pero, sobre todo, a recibir mucho más de lo que damos en la cuota de apadrinamiento: recibir un puñado de dibujos y de vivencias, recibir la alegría del que no tiene nada, recibir cariño a raudales en forma de carta de nuestros pequeños amigos de lejanas y desafortunadas tierras. 900 858 588. Una ganga.

18 enero 2016

60 razones para vivir... razonablemente.

Foto: Federico, en Flickr.

01. Mis hijos. 02. Mi esposa. 03. Mi familia. 04. El recuerdo de mi padre. 05. Las mañanas tibias. 06. El Atleti. 07. Los Secretos. 08. Menos ideología. 09. Más valores. 10. Valdepeñas, mi pueblo. 11. Venezia. 12. Un puñado de grandes amigos. 13. Trabajar en tu vocación. 14. Aunque se dude mucho, tener Fe. 15. Libros. 16. Más libros. 17. Escribir. 18. Las fotografías que llegan hondo. 19. Callejear, cámara en mano. 20. Momentos de soledad para hablar con uno mismo. 21. La Virgen de Consolación 22. La solidaridad. 23. El civismo. 24. Pau Gasol haciendo callar a los franceses. 25. Ilusionarse por una buena causa. 26. España. 27. Irse a la cama con una buena novela. 28. Cualquier ave minúscula (birds). 29. Los teckels. 30. La creatividad. 31. Una conversación con mi hijo. 32. Las energías limpias. 33. Confirmar continuamente que los más sabios son los más humildes. 34. La Educación. 35. La cultura. 36. La ternura. 37. La ironía. 38. Un buen vino de mi tierra. 39. Mis raíces. 40. Los desayunos en bar de carretera, cuando te vas de vacaciones con los tuyos. 41. Emocionarse sin disimulos. 42. Un banco de madera con vistas. 43. Los momentos mágicos que son inesperados. 44. El equilibrio. 45. Ser agradecido. 46. Saber pedir perdón y saber perdonar. 47. Saber reconocer las equivocaciones. 48. Vivir rodeado de gente que relativiza tus rarezas. 49. Enrique Urquijo rasgándote el corazón. 50. Cambiar doctrina por Amor. 51. Combatir las injusticias manifiestas. 52. Aceptar los fracasos con dignidad. 53. La pasta (de comer...) 54. El comienzo de "Breakfast at Tiffany's". 55. Reunirme con mis amigos del cole a contar batallitas. 56. Echarse unas risas. 57. Ante la hipocresía, no callarse ni debajo del agua. 58. La elegancia natural. 59. La belleza de lo sencillo. 60. Parar de vez en cuando y respirar hondo.

Bonus: Permitirme el gusto de decir NO.