10 septiembre 2016

Valdepeñas de Secretos.


"No es un secreto que los Urquijo molan esta noche en Las Ventas... ¡Ya era hora!"


Estas palabras las pronunció el maestro Sabina justo antes de cantar a duo con Álvaro Por el bulevar de los sueños rotos ante una plaza de Las Ventas abarrotada de un público entregado a la causa en el concierto especial 30 Aniversario de Los Secretos, celebrado el 10 de Octubre de 2008. Dijo "los Urquijo", a pesar de que, de ellos, solo está, en carne y hueso, Álvaro; aunque como él mismo dice, y todos los seguidores del grupo sabemos, en cada concierto el espíritu de Enrique, fallecido en 1999, se siente en el ambiente. Y no solo molan los Urquijo. Mola la guitarra del maestro Ramón Arroyo, y mola el talento en los teclados de Jesús Redondo, y la virtuosidad del bajo de Juanjo Ramos, y la espectacular batería del polifacético Santi Fernández. Molan Los Secretos.


Los Secretos ya pasaron en concierto por Valdepeñas hace la friolera de 27 años, un 4 de Septiembre de 1989. Lo cierto es que hubiera estado bien celebrar nuestro particular 30 Aniversario; pero dio igual. Aquella vez el escenario previsto en la Plaza de Toros tuvo que trasladarse de modo improvisado al Pabellón Ferial debido, nunca mejor dicho, a las inclemencias meteorológicas y, según me cuentan (yo desgraciadamente no pude asistir), eso hizo que, como consecuencia de la horrible acústica del lugar, todo retumbara y apenas se entendiera nada. Aun así, quien asistió me dice que moló, y mucho.

Así que Valdepeñas le debía a estos artistas una segunda oportunidad de sonar como ellos saben, porque si algo les caracteriza es el sonar de modo sobresaliente. Por algo se habla de su particular y específico "sonido Secretos". Y esta noche del 1 de Septiembre de 2016 fue el momento. No hubiera estado mal que don Joaquín se hubiera asomado al atípico escenario de la Plaza de España para preguntar: "No es un secreto que Los Secretos molan esta noche en Valdepeñas... ¡Ya era hora!"

Y eso que, casi como un amago de maldición cíclica, la tarde se complicó con aires de tormenta, y buena nube que cayó alrededor de la Plaza de España; aunque en esta solo unas gotas.

No puedo decir que sea imparcial en este texto. Los Secretos han sido y son mi grupo de referencia, mi faro en la deriva musical. Y no diré "la banda sonora de mi vida" porque eso, a fuerza de repetirlo mucha gente, ya queda cursi y a ellos les debe entrar la risa floja. Pero es verdad.

La primera vez que pude ver un concierto de Los Secretos fue el 6 de Abril de 1996 en Socuéllamos. Fue la única ocasión que tuve de escuchar en directo la voz desgarrada de Enrique Urquijo. Nunca se me olvidará. Después, ya sin Enrique, varias veces he seguido su rastro y he disfrutado con unas canciones sin fecha de caducidad: Talavera de la Reina, La Roda, Tomelloso, Almodóvar del Campo, Daimiel, Ciudad Real, Villanueva de los Infantes. Y qué demonios, no sé que hacen estos tipos; pero cada vez suenan mejor. Y, al menos así lo parece, y yo creo que es cierto, disfrutan más en el escenario al que tantas y tantas veces suben para emocionarnos y erizarnos el vello.

En este tren de largo recorrido 1996-2016 he podido comprobar cómo Los Secretos se han ido superando poco a poco en hacer buena música, en lograr impregnarnos de su sonido y del mensaje de sus canciones, con una fuerza que no ha decaído ni un ápice desde ese concierto de Socuéllamos del que hablo; sino que se ha modulado con la maestría que da los años de oficio. Es cierto que no lo han tenido fácil, y en 1999, con la marcha prematura de Enrique a su mundo raro, y ojalá feliz, todo estuvo a punto de caer por la borda. Pero ahí estaba Álvaro y los suyos, para reinterpretar a quien ha sido seguramente uno de los mejores letristas que ha dado la música española, y vestir esas estrofas de sentimientos a flor de piel de oficio y virtuosidad, logrando conservar la esencia de unas palabras únicas y mimándolas con un sonido instrumental de primera categoría. Y, por supuesto, ensanchando el acervo de canciones con una gama de nuevas composiciones que supuran ese sonido especial que imprimen en todos los proyectos que estos músicos se proponen.

Y ahora, toca hablar de las canciones.

El concierto valdepeñero comenzó con el halo mágico de una canción de las de siempre que han sabido adaptar a su peculiar sonido "Secretos": Échame a mi la culpa. A continuación sonaron los acordes de una de las obras maestras de Enrique en la primera etapa del grupo, No me imagino, canción que me lleva irremediablemente a mis tiempos de estudiante universitario en Ciudad Real, y a aquellas madrugadas en las que el gran Rafa Arboleda pinchaba la canción en las madrugadas radiofónicas, "encendiendo la noche" en Cadena 100. A esta canción le siguieron Colgado y la inquietante Y no amanece, y ya para entonces buena parte del público paladeaba un sonido excelente y la entrega de unos músicos con tablas y energía. Luego vino Margarita, canción magnífica que me arrastra a mis primeros años de trabajo en Toledo, "cuando daban las veinte" y yo tenía que recordar, en la soledad del despacho, "los caprichos / esos que solo tú y yo nos habíamos dicho". Tras hablarnos de las contradicciones que se dan En este mundo raro, Álvaro y compañía encandilaron a los asistentes con uno de sus himnos más conocidos, La calle del Olvido, aquella en la que "vagan tu sombra y la mía / cada una en una acera / por las cosas de la vida". Después, en una de las canciones del último disco, nos hablaron de lo poco que queda Entre tú y yo, lo que dio lugar a plantear un Cambio de planes que supuraba melancolía. Uno de los momentos más intensos se vivió con la siguiente obra, esa canción que comenzaron a componer los hermanos Urquijo con Joaquín Sabina, quizá "en un pueblo con mar una noche después de un concierto", para luego moldearla cada uno a su más genuino estilo: Ojos de gata. Y entonces llegó el turno para otro de los himnos fundamentales del grupo, canción llena de esperanza que curiosamente escribió un Enrique que nos tuvo acostumbrados al desamor: Pero a tu lado. Y es que desde los primeros versos de la canción, Enrique lanza lo que sería una convicción casi profética, "he muerto y he resucitado", para luego darnos una de las claves de su receta, "ya no persigo sueños rotos, los he cosido no el hilo de tus ojos". De todos modos, si lo del hilo no funciona, no queda más remedio que hacer caso a la canción que sonó a continuación, Ponte en la fila, hasta que nos toque el momento de entrar En el Bulevar de los Sueños Rotos, y rendirnos a otra de las obras maestras marca de la colaboración entre Álvaro Urquijo y Joaquín Sabina, que nos agita el alma cuando nos advierte de "cómo llora Chavela (Vargas)". Y tras este tributo a México, Álvaro rendía su particular homenaje a su hermano Enrique con ese otro himno que compuso a su muerte, y que es toda una declaración de intenciones: Te he echado de menos. Así llegaba la última parte del concierto, dedicada a los grandes éxitos que siempre nos acompañaron desde que Los Secretos eran apenas unos muchachos con gran amor por la buena música y poco más, como es el caso de Nada más, canción compuesta por el "sexto Secreto", Javier Teixidor (antiguo componente de "Mamá"). Con Buena Chica el público sufrió, sufrimos, un subidón de adrenalina al oír y presenciar la explosión de sonido de las guitarras de Álvaro y el magistral Ramón Arroyo, virtuoso como él solo, y sin mover una ceja, que no le hace falta. Tras el lamento de esas guitarras por la suerte de esa chica que no era tan mala, pero que sentía un apego ínfimo por la vida, Los Secretos recordaron sus Ojos de perdida, con el entusiamo del respetable que coreó la canción sin titubear. Después llegó otra de las joyas que compuso en su día Enrique, Agárrate a mí María, inspirada, dicen, en su hija, y que tiene la cualidad de provocar un nudo en la garganta a poco que uno se descuide. Los Secretos volvieron de nuevo a sus primeros tiempos para rescatar una pequeña joya que suele permanecer semioculta hasta que ellos la dotan de vida y magia, Otra tarde, y que nos aconseja algo que esconde muchas veces una irremediable verdad: "esta es otra tarde / y mañana es martes / es mejor que todo / siga como antes". Tras esta balada, llegaba el momento que tanta gente esperaba, el momento de cantar esa canción que, aunque nunca ha sido la preferida de los hermanos Urquijo, reconocen que les allanó buena parte del camino que les permitiría seguir con su carrera: Déjame. La Plaza de España se convirtió en un gran ejercicio de franqueza colectiva y algo cruel, al pedir "déjame / no juegues más conmigo / esta vez / en serio te lo digo, / tuviste una oportunidad / y la dejaste escapar". Después de esta confesión, todavía había fuerza de sobra para rescatar el sonido más country, melancólico y fronterizo del grupo con Quiero beber hasta perder el control (muy oportuno el lugar y momento para reclamar eso, la verdad), canción con la que uno pudo sobrellevar más o menos algunos de sus desengaños de juventud. Y por último, otra de esas canciones inmortales e incombustibles que han acompañado a Los Secretos a lo largo de sus 38 años de trayectoria, que fue coreada, a modo de agradecimiento y despedida, por toda la gente reunida en el marco único de la Plaza de España: Sobre un vidrio mojado. Vidrio de una copa mojado de buen vino, sin duda.

Chapó, chicos.

Y poco más puedo añadir sobre el concierto de Los Secretos en Valdepeñas. Su sonido exquisito y singular, la calidad de esas canciones atemporales y su entrega al público pienso que convencieron a propios y extraños. Cuando hace un par de meses se hicieron públicos los artistas que actuarían en las Fiestas de la Vendimia y el Vino de este año leí en las redes sociales algunas opiniones de jovencitos diciendo que qué rollo, que quiénes eran esos, que en este pueblo no se traía ni una "actuación decente". Bueno, si han eliminado prejuicios y se han dejado llevar, creo que más de uno, a partir de la noche del 1 de Septiembre de 2016, pensará, aunque le cueste reconocerlo, que no es un secreto que Los Secretos molan. Es lo que tienen los clásicos.

02 abril 2016

El Padre Vicente.


Anoche, a última hora, me llegaba la triste noticia del fallecimiento del Padre Vicente Ruiz, al que muchos de los que hemos estudiado en el colegio de los Trinitarios de Valdepeñas recordamos simplemente como "el Padre Vicente".

Repasando algunos de los post que he colgado en este blog, constato que no es la primera vez que redacto una suerte de "obituario" de personas que han influido de modo determinante en mi vida. Cómo no voy a rendir homenaje entonces al Padre Vicente, la persona que me enseñó el camino para amar los libros.

Fue en quinto curso de Primaria, en aquellos tiempos E.G.B., cuando el Padre Vicente Ruiz se encargó de tutorizar nuestro curso. Desde entonces, hasta octavo curso (ahora segundo de E.S.O.), nos impartió varias asignaturas, principalmente Lengua Española e Inglés. En ambas disciplinas, en mi opinión, fue un docente brillante. Además, en lo referente a la Literatura, nos supo transmitir su pasión por la lectura.

Muchas veces, cuando se plantean debates sobre las metodologías docentes, pienso en personas que he conocido y que han sido verdaderos pioneros en la tarea de enseñar, con el valor añadido de haberlo conseguido con menos recursos materiales o tecnológicos, quizá también con algunas de las opiniones más ortodoxas en contra y, en cualquier caso, supliendo las dificultades con mucha imaginación y entrega. Es el caso del Padre Vicente y el mundo de las letras.

El Padre Vicente, una persona afable, con un gran sentido del humor, trabajador incansable en la tarea de enseñar a sus alumnos, riguroso y serio cuando tocaba, exigente y perfeccionista como alguna vez me reconoció, siempre justo; utilizaba en las clases de Lengua y Literatura métodos que por aquel entonces no eran nada convencionales. Por ejemplo, de vez en cuando nos ponía cintas de audio en su inseparable radio-cassette donde podíamos disfrutar con el Cantar del Mío Cid, o las Coplas por la Muerte de su Padre de Jorge Manrique. Otras veces era él mismo el que nos leía párrafos de sus libros, comentándonos el contexto en el que surgían esas lecturas, la historia que guardaban detrás. A través de sus clases descubrí, algo perplejo, cómo un vulgar insulto, arropado por la genialidad del autor, puede convertirse en Literatura con mayúsculas, y así leí y releí el famoso "hideputa" que se esconde en las páginas del Lazarillo de Tormes; o la ironía aderezada con algunos improperios que reina en las páginas de El Buscón de Quevedo. Con el Padre Vicente descubrimos que "la vida es sueño, y los sueños, sueños son", y el valor de la solidaridad de un pueblo frente a los abusos del poder, llámese este Fuenteovejuna. Y el drama del juego del amor con la Tragicomedia de Calisto y Melibea, La Celestina. Y nos hizo advertir que, aun sin movernos, podemos recorrer las tierras castellanas, por las orillas del Duero, de la mano de Machado. Y, cómo olvidarme, me hizo comprobar de motu propio que un poco de prosa poética, centrada en la descripción de la vida de un sencillo pollino llamado Platero, puede crear un nudo en la garganta cuando quien cuenta la historia es Juan Ramón Jiménez.

El Padre Vicente era consciente de que la forma más eficaz para aprender a expresar los sentimientos de cada uno, y aprender a tener un pensamiento libre y crítico, pasaba por leer, leer mucho. Y escribir.

Y leímos, leímos mucho. Tanto que todos los viernes por la tarde dedicábamos la clase simplemente a leer, a leer el libro que quisiéramos cada uno; pero a leer. Y de esa manera entré yo en contacto con el Diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara.

Y escribimos, vaya que sí. Todas las semanas una redacción sobre algún tema que nos proponía, y que a menudo conseguía abrir un debate entre nosotros sus alumnos. Y generar admiración y aplausos, porque un puñado de estas creaciones eran leídas en clase para el deleite de los compañeros. Y así recuerdo redacciones geniales de mis amigos, Antonio Caminero Sánchez o José María Prieto García, cuya lectura era el evento más esperado de la semana, y que me unió más si cabe a ellos en ese vínculo extraño e intangible que podríamos denominar "amor por escribir nuestra forma de ver el mundo", a mano y en un puñado de cuartillas. Tanto fue así que el Padre Vicente nos animó a José María y a mí a escribir el guión de una pequeña función teatral, que fue representada por los mejores actores del mundo, mis compañeros (recuerdo en especial la actuación de mi admirado José Luis Martínez Díaz), en lo que a mí, en mi niñez, se me antojaba puro Broadway: la función de los colegios en el Teatro-Cine Parque, cuando ya se podía casi alcanzar con las manos el final de curso.

Pasado este tiempo de colegio, nuestros caminos se fueron separando inexorablemente. Nosotros comenzamos nuestra etapa de Instituto y, posteriormente, universitaria o laboral; mientras que el Padre Vicente marchó a compartir su modo de entender las letras y la vida en otros colegios trinitarios, especialmente en Córdoba.

No volví a saber nada del Padre Vicente hasta trece años después, en 2002, cuando lo busqué para pedirle que presidiera el enlace entre Ana, mi esposa, y yo. Alguien me dijo entonces que el Padre Vicente no estaba pasando por un buen momento; pero aún así fue tan bondadoso y entrañable que no dudó ni un instante en acceder a mi petición. Y así fue. Presidió nuestra boda el 22 de Junio más caluroso que recuerdo en toda mi vida, en la Iglesia del Convento, mi segundo hogar de la niñez. Poco después el Padre Vicente dejaba Valdepeñas y marchaba rumbo a Cazorla. Lo recuerdo con su escaso equipaje en la Plaza, despidiéndonos, él de camino a la estación. Creo recordar que me comentó que tenía que descansar.

Hace un par de años me enteré de que el Padre Vicente estaba en Valdepeñas de nuevo. Pero mi alegría se tornó en preocupación cuando me pusieron al tanto de que su salud se había deteriorado notablemente, que había sufrido varios infartos y que estaba muy delicado. Una mañana luminosa de comienzos de la Primavera me armé de valor y fui a visitarlo, aunque quien lo había visto me había advertido de su estado y de que tenía momentos lúcidos y momentos en los que se desorientaba. Pero tenía que verlo. Y lo conseguí.

Recuerdo cuando apareció por la escalera que comunica las dependencias de los padres trinitarios con el colegio. Vi a una persona muy delgada, caminando a cortos pasitos. Enseguida lo reconocí, a pesar de que él ya no llevaba gafas y su cabello se había teñido de blanco. Pero vestía su inconfundible chaqueta azul, e iba peinado impecablemente, con la raya a un lado, como siempre. Temí que no me reconociera; pero mi temor se desvaneció cuando me preguntó cómo estábamos todos los "tarancones". Mis hermanos y yo, en el colegio, siempre habíamos sido para él "los taranconcillos".

Esa mañana, podéis creerme, fue uno de los momentos más especiales y emocionantes de mi vida. Varias veces tuve que hacer esfuerzos por cortar el paso a alguna lágrima furtiva. Y no porque estuviese delicado, aparte de su delgadez y su dificultad para desplazarse no tenía secuelas físicas apreciables; sino porque encontré que en la conversación que mantuvimos, acompañada de una cerveza sin alcohol y unas patatas fritas a las que me invitó, me hizo un repaso de su vida y de su forma de verla desde el corazón. Tras recordarme que tenía guardadas nuestras redacciones, las cuales había leído muchas veces a sus posteriores alumnos porque, según opinaba, no había disfrutado de un curso con tanto talento como el nuestro; me confesó que sabía que ya había acabado su trabajo con los que eran su gran pasión junto a los libros: los niños. Y ahora tocaba descansar hasta que Dios lo quisiera llamar.

Y era cierto. Dedicó su vida a dar lo mejor que tenía dentro, que era mucho, a los niños. A formarlos y a quererlos. A enseñarles a pensar, a ser creativos, a ser críticos; pero a la vez a ser buena gente, a ser nobles. Con sus clases que nunca nos dejaban indiferentes. Con sus proyectos. Con sus bromas en el patio del colegio, a la sombra de los sauces llorones, en el recreo o al salir de clase. Encontrando siempre que necesitábamos un ratito para escucharnos y hacernos sonreír.

Me comentó que ya apenas leía, que no podía, y que ahora se dedicaba a pocas cosas: rezar, andar un poco, ver la televisión y acudir, siempre que tenía oportunidad, a la portada del colegio a la hora en que los niños pequeños salían de clase, para saludar a las madres con su cortés galantería y despedir a los pequeños, sus niños, la razón de su existir. También me dijo que cuando sus dolencias le habían dado un respiro, los superiores le habían dado la opción de trasladarse a Valdepeñas o a Córdoba para cuidarse y descansar, y aunque Córdoba era como su segundo hogar, él optó por Valdepeñas porque se sentía un valdepeñero más.

Unos meses después lo vi por última vez. En la Navidad de 2014. Acudimos algunos de los amigos del colegio, Antonio J. Almarza, Raúl Peñalver, José Luis Martínez Díaz y yo a verlo. Estaba en la sala de televisión, en un sillón, las piernas arropadas con una manta. De nuevo temí que no nos reconociera. Y de nuevo me volví a equivocar, bastó que José Luis cruzara el quicio de la puerta para que el Padre, con uno de sus arranques de humor que lo caracterizaban, exclamara: "¡Mantuza!", reviviendo la rivalidad que siempre existió entre dos grandes amigos, uno merengue hasta la médula y otro, el Padre Vicente, barcelonista sin remedio.

Y transcurrió el tiempo hasta la tarde de ayer, cuando, desde su querida Córdoba, el Padre Vicente partió hacia su último destino, el Cielo. Y como siempre digo cuando una gran persona se va: su marcha es triste para nosotros porque las despedidas siempre son tristes por definición; pero nos queda la esperanza de que esté allí arriba, junto a Dios a cuyo amor entregó la vida, el dolor ya olvidado. Y podrá volver a leer los clásicos de nuestra literatura. Y bromear sobre el resultado de otro "clásico", el que se juega mañana.

Padre Vicente, gracias por haber sido profesor, maestro y amigo. Y por todo ello, no quisiera acabar estas líneas sin reproducir aquí un texto de los que leí por primera vez gracias a sus clases, una de esas tardes primaverales de viernes. Es de Platero y yo:
 
"Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo. Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos me llenaban de preguntas ansiosas. —¡Platero, amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí? , Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio..."

Qué suerte tienen los niños de mi colegio, uno de los colegios más enraizados en Valdepeñas, el colegio de la Santísima Trinidad, del que siempre me he sentido y sentiré orgulloso. Hay un nuevo ángel en el Cielo que los cuidará y que, quizá en sus sueños, les cuente las bonitas historias que, bajo su inspiración, escribieron unos chavales hace más de treinta años en las mismas aulas donde ahora aprenden a ser buenas personas.

18 enero 2016

60 razones para vivir... razonablemente.

Foto: Federico, en Flickr.

01. Mis hijos. 02. Mi esposa. 03. Mi familia. 04. El recuerdo de mi padre. 05. Las mañanas tibias. 06. El Atleti. 07. Los Secretos. 08. Menos ideología. 09. Más valores. 10. Valdepeñas, mi pueblo. 11. Venezia. 12. Un puñado de grandes amigos. 13. Trabajar en tu vocación. 14. Aunque se dude mucho, tener Fe. 15. Libros. 16. Más libros. 17. Escribir. 18. Las fotografías que llegan hondo. 19. Callejear, cámara en mano. 20. Momentos de soledad para hablar con uno mismo. 21. La Virgen de Consolación 22. La solidaridad. 23. El civismo. 24. Pau Gasol haciendo callar a los franceses. 25. Ilusionarse por una buena causa. 26. España. 27. Irse a la cama con una buena novela. 28. Cualquier ave minúscula (birds). 29. Los teckels. 30. La creatividad. 31. Una conversación con mi hijo. 32. Las energías limpias. 33. Confirmar continuamente que los más sabios son los más humildes. 34. La Educación. 35. La cultura. 36. La ternura. 37. La ironía. 38. Un buen vino de mi tierra. 39. Mis raíces. 40. Los desayunos en bar de carretera, cuando te vas de vacaciones con los tuyos. 41. Emocionarse sin disimulos. 42. Un banco de madera con vistas. 43. Los momentos mágicos que son inesperados. 44. El equilibrio. 45. Ser agradecido. 46. Saber pedir perdón y saber perdonar. 47. Saber reconocer las equivocaciones. 48. Vivir rodeado de gente que relativiza tus rarezas. 49. Enrique Urquijo rasgándote el corazón. 50. Cambiar doctrina por Amor. 51. Combatir las injusticias manifiestas. 52. Aceptar los fracasos con dignidad. 53. La pasta (de comer...) 54. El comienzo de "Breakfast at Tiffany's". 55. Reunirme con mis amigos del cole a contar batallitas. 56. Echarse unas risas. 57. Ante la hipocresía, no callarse ni debajo del agua. 58. La elegancia natural. 59. La belleza de lo sencillo. 60. Parar de vez en cuando y respirar hondo.

Bonus: Permitirme el gusto de decir NO.

20 julio 2015

Adiós, Timoteo.


 
  
Hace unas horas mi amigo y compañero de Facultad Fernando me llamaba para darme una triste noticia. Había muerto Timoteo. Este anuncio me ha llevado a una especie de estado se shock, que he compartido, siguiendo la lastimosa cadena, con otro buen amigo y ex-compañero de Facultad, Pablo, el cuál se ha quedado igual que yo. Este estado de shock no es de llanto y nervio; sino de desconcierto y de reflexión. Reflexión sobre lo efímeras que son nuestras vidas, reflexión en la tibieza del atardecer que se cierne, poco a poco, sobre las viñas que se ven desde el banco apostado en el jardín de mi casa.

Timoteo Martínez Aguado fue Catedrático de Economía Aplicada de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, mi casa durante doce cursos consecutivos, y Decano de la misma durante ocho años. Mi relación con él comenzó, como alumno, en el curso 1992-1993, cuando nos impartió la disciplina de Econometría en el antiguo Centro de Estudios Jurídico-Empresariales de Ciudad Real. Al término de ese curso, y de mis estudios, recibí una llamada telefónica que desafió todas las paradojas sobre casualidad y causalidad. En concreto, una mañana de Julio llevaba bajados los primeros once escalones del portal de mi casa, rumbo a la piscina, cuando escuché el teléfono retumbando en el taquillón de la entrada. Durante unos instantes estuve tentado de no contestar y seguir mi camino. Pero no, subí de nuevo y descolgué el auricular. Era Timoteo, aquel profesor tan activo y con aire un poco despistado que habíamos tenido. Quería proponerme una entrevista cara a una posible incorporación a su equipo de la Universidad.

Recuerdo que, días después, nos veíamos en el edificio del BBVA del Paseo de la Castellana, en Madrid, en la planta del Centro de Estudios, donde él, entonces, realizaba varias colaboraciones. Bajamos a comer a un restaurante cercano, hablamos (más bien me habló) de sus proyectos en la Universidad y no sé qué pudo ver en mí (siempre lo he considerado un misterio, lo juro); pero catorce meses después estaba yo en el Edificio de la Universidad de la Plaza de Padilla, en Toledo, buscándolo para comenzar a trabajar, y compartiendo una mesa y un PC con otros cuatro o cinco profesores.

Ahí comenzaron doce cursos de trabajo a su lado. Años de trabajo en los despachos que rodeaban el bello patio de los Naranjos del edificio del Convento de San Pedro Mártir de Toledo. Años de atardeceres impresionantes en ese espacio mágico. Y años de salir del Convento a las diez de la noche, en maratonianas jornadas sólo interrumpidas por la desesperación de los conserjes, que querían cerrar el recinto e irse a casa.


Timoteo, tal y como lo recuerdo, era una persona muy especial. Quizá otra cosa se le podrá reprochar, como a todo el mundo; pero no su dedicación. Vivía por y para la Universidad. Es cierto que pronto comprobé que, en la forma de afrontar el trabajo, éramos como la noche y el día. Yo, una persona pausada, reflexiva, constante, patológicamente ordenada, planificadora hasta el extremo, mala amiga de los imprevistos. Él, un ser dinámico, inquieto, soñador, caótico, que trabajaba a golpe de intuición e impulso, buen improvisador y que sabía aprovechar los momentos y las ocasiones. Y claro, una sociedad así estaba abocada al fracaso más aboluto, o a una complementariedad que generara buenas economías de escala. Durante gran parte de los doce años que trabajamos codo con codo se dio lo segundo y la sociedad funcionó razonablemente bien. Con sus desgastes lógicos para ambos, pero funcionó. Yo le aporté, creo, el orden y la perseverancia que las tareas docentes y de investigación solían requerir; y el me aportó, sobre todo, una visión diferente de las cosas, y las directrices para comprender la disciplina de la Econometría, aunque "disciplina" y "Timoteo" no fueran dos conceptos que congeniasen muy bien.

En este pequeño homenaje no entraré en detalles académicos con profundidad. Aun así diré que aprendí de Timoteo a concebir la Econometría según su escuela de la Universidad Autónoma de Madrid: una visión de esta disciplina en la que, a diferencia de lo que ocurre en otras escuelas, no se presta tanta atención a los complicados modelos teóricos; sino que se mima a la materia prima de la modelización económica: los datos. Sólo con buenos datos se pueden construir buenos modelos, no necesariamente acompañados de un aparataje formal complejo; sino con la metodología modelizadora más sencilla que permita obtener resultados resolutivos. Esa idea es la que me enseñó a transmitir a nuestros alumnos, la de una Econometría empírica que se trabajaba con datos, ordenador y software, y donde los complejos desarrollos estadísticos tenían reservado su lugar, necesario pero no primordial. Y tengo el orgullo de haber podido constatar que Timoteo, con esta filosofía docente, acertó; como a menudo he podido escuchar de voz de nuestros antiguos alumnos.

En este sentido, Timoteo fue en nuestra Universidad un adelantado a su tiempo. Cuando, en mi última etapa en Toledo, se comenzó a plantear la reforma de Bolonia, con la necesidad de incorporar en la evaluación del alumnado aspectos empíricos, trabajos y prácticas; él se apresuró, como solía hacer, a intentar poner patas arriba la forma de impartir la docencia que teníamos. En esas estábamos cuando una mañana, sentados en su despacho, le comenté: "Timoteo, ¿no te das cuenta que lo que se pide ahora lo llevas haciendo tú desde hace muchos años?" No le quité de la cabeza lo de poner todo patas arriba, por supuesto; pero creo que se dio cuenta de que era cierto.

Quiero recordar en este homenaje, no obstante, más que nuestra trayectoria académica en común, algunas pequeñas vivencias, porque es en estos pequeños detalles, alejados del despacho, o ajenos a él, donde uno aprecia la calidad humana de las personas.

Entre estas vivencias, recuerdo en especial una costumbre que tomamos en mi segundo año en Toledo, que consistía en que, cuando los conserjes nos expulsaban (literalmente) de la Facultad a las diez de la noche, mi buena amiga y compañera María José Calderón, Timoteo y un servidor nos íbamos a saborear un vinito, lo que se solía alargar hasta casi las 11. Se transformó en un ritual el beber ese vino y conversar en un pequeño bar al final de la calle Carrera, que baja desde Bisagra a la Ronda de Granada. El vino, a decir verdad, solía estar regular, pero a veces la conversación era para no perdérsela. Era entonces cuando aparecía el Timoteo cercano, con gran humor, que llegaba a ser verdaderamente encantador.

Igual ocurrió con el bar "La Ría", escondido entre la plaza de Valdecaleros y el Callejón de Los Bodegones, donde hubo una temporada en la que nos aficionamos a tomar unos Ribeiros en ese diminuto y escondido lugar, donde podías saborear los mejores productos de la mar... en Toledo. En cierto modo, Timoteo, además de ayudarme a descubrir el mundo de la Economía cuantitativa, me enseñó también a descubrir ese Toledo que sólo la gente que ama a esa ciudad puede conocer.

En una de nuestras salidas por Toledo, a finales de mi primer curso con él, en un bar del barrio de Santa Teresa, tomando un vino junto a otros compañeros, es cuando Timoteo me comentó, así como él decía las cosas, como dejándolas caer, sobre qué versaría mi tesis doctoral y, por tanto, mi futuro académico. El análisis Input-Output. Y me lo dijo de tal modo que esa noche me acosté desconcertado, sin saber si me lo había sugerido en serio, o si me había tomado el pelo. Se materializó la primera opción, y no puedo darle sino las gracias por esa idea que hizo que en Junio de 2002 obtuviera mi Título de Doctor bajo su dirección.


Conforme avanzo en estas líneas, los recuerdos gratos van sacudiéndose las telarañas y van ocupando su lugar en mi estado de melancolía. Podría seguir indefinidamente contando mil y una historias amables de Timoteo, porque si algo lo caracterizaba era la amabilidad. Siempre creí que era una persona con don de gentes, con capacidad para hacer participar a quien fuera de sus proyectos; pero, a la vez, casi paradójicamente, opino que era una persona con cierto grado de timidez, timidez que intentaba ocultar tras un velo de hiperactividad y fina ironía.

Quiero llegar al final de este homenaje demasiado breve con una última experiencia. Fue el momento en el que creí descubrir a esa persona que estaba, quizá, escondida tras su dedicación compulsiva a la Universidad. Fue un par de meses después de comenzar a trabajar con él, al inicio de la Navidad de 1994. Una tarde, tras una larga jornada de trabajo, me invitó a ir a Madrid a cenar con una de "sus chicas" de la Autónoma, su queridísima Gema Durán, esposa de su gran amigo José Antonio Negrín, compañero a su vez mío en la Facultad. Por pura timidez no quise negarme, aunque estaba agotado, y accedí. Poco después estábamos en las proximidades del Hard Rock Café, en La Castellana. Dimos un paseo en esa fresca noche, creo que por Colón, mientras hacíamos hora y esperábamos a Gema. En un momento dado, me dijo que esperara un instante, cruzó corriendo a una librería y, tras unos minutos, volvió a donde yo estaba. Me regaló un pequeño libro y dijo que era una historia que siempre le había gustado. Yo, un poco cortado, le di las gracias. Luego entramos en el Hard Rock, nos juntamos con Gema, una persona por la que desde ese lejano día siento un gran cariño. Nos lo pasamos soberanamente bien, saboreando una gran hamburguesa de buey. Noté como ambos cuidaban de que yo disfrutara del momento y del lugar, y lo consiguieron. Luego, ya tarde, surcamos las calles desiertas de Madrid hasta llevar a Gema a su casa, CD de villancicos a toda mecha incluido. Fue en ese trayecto hacia la casa de Gema, cantando villancicos entre risas y con la complicidad del silencio de la noche que se acentuaba en los semáforos, cuando más abiertamente feliz vi a Timoteo, disfrutando como ese niño que nunca dejó de ser del todo, aunque sea algo pretencioso que yo lo diga. Finalmente volvimos a Toledo, ya de madrugada, y me dejó en el piso que yo compartía con Juan Antonio, otro valdepeñero, en la Avenida de Carlos III, en el "Circo Romano".


El libro que me regaló era Juan Salvador Gaviota. Y hasta que no lo hojeé, no descubrí una dedicatoria que ma había escrito, seguramente en la librería; dedicatoria que ahora vuelvo a releer con emoción:

"Para que nunca pierdas las ganas de volar. Timoteo, Dic. de 1994."

Timoteo, quien creo que nunca perdió las ganas de volar fuiste tú. Y ahora que te has ido, con esa discreción que siempre te acompañó en tu vida, ahora que ya no sientes dolor y que has hallado la Verdad, estoy seguro de que vuelas muy alto, libre, y con esa felicidad que pude intuir esa noche previa a la Navidad de 1994.

Gracias por todo y, por favor, descansa en Paz.

17 febrero 2015

Amor.


14 de Febrero.

No creo en el día de los enamorados. Creo en el Amor. No sólo en el Amor de pareja, que también. Digo en el Amor en todas sus manifestaciones.

El Amor es una fuerza capaz de mover el mundo, y de agitar el más recóndito rincón de nuestro alma.

Dicen que hay amores que matan y que la gente sufre a veces mal de amores (quién no ha sufrido alguna vez mal de amores). Pero no es así. Creo que es precisamente lo contrario: esas cosas ocurren cuando el Amor desaparece o cae enfermo. Cuando el Amor deja de ser tangible y se convierte en un espejismo, en una obsesión, en un fracaso.

El Amor es una energía grande, positiva, solidaria, cambiante, que se transforma y evoluciona y fluye de mil modos diferentes y sigue siendo Amor.

Amor de novios, Amor de pareja. Amor al camino que esas dos personas recorren juntas, codo con codo, beso a beso.

Amor de madre, grande, inmenso, infinito. Como el Amor de un padre. O el Amor de los hijos cuando toman conciencia de que son los seres más amados por sus madres y padres, precisamente.

El Amor que sienten los grandes amigos, los que disfrutan de la amistad honda en raíces como un viejo roble, flexible frente a los vaivenes de la vida como las ramas de un olivo joven, sólida como una gran encina solitaria enmedio de un campo de cereal.

El Amor propio, el Amor a uno mismo, tan necesario, porque si uno no es capaz de amar su propia vida, no podrá amar con plenitud la de nadie más, aunque lo intente con todo el alma.

Amor a nuestras aficiones, a nuestro trabajo, a una causa justa, a nuestros valores.

El Amor a esos momentos sencillos y mágicos que experimentamos de vez en cuando, sin previo aviso. El Amor a un rato de charla con una copa de vino por excusa, disfrutando de los últimos rayos de sol de la tarde.

Amor al arte, a la cultura, a la belleza.

El Amor a la gente sencilla y buena.

Amor a la prodigiosa capacidad del ser humano para levantarse y seguir adelante, a no claudicar.

El Amor a ese amigo fiel y peludo que daría su vida por ti, sin dudarlo, y que a cambio se conforma con un par de caricias en su lomo.

El Amor a ese Dios que a veces parece estar tan escondido que nos invita a dudar de Él, si no fuera porque hay algo muy dentro de  nosotros que nos empuja a seguir creyendo, a pesar de vivir en un mundo tan raro. Ese algo tan abstracto y tozudo que es precisamente Amor.

El Amor a aquellos que se nos marcharon y que ahora sabemos que los amamos más de lo que jamás pudimos llegar a imaginar.

El Amor a su recuerdo, que es lo que nos queda.